sábado, 3 de mayo de 2008

PERFIL: Marcel Duchamp

Conversaciones con Marcel Duchamp
Pierre Cabanne

(fragmentos de la entrevista)
Parte II

Editorial ANAGRAMA/ 1967/ 191 paginas


Esta entrevista de 1966 fue realizada por Pierre Cabanne, poco después de la gran exposición que Duchamp realizada en Londres. Duchamp a los pocos meses cumpliría 80 años.


A través de sus actos de creador, dice Pierre Cabanne, Marcel Duchamp no ha querido imponer un nuevo lenguaje revolucionario sino proponer una actitud del espíritu; por ello estas entrevistas constituye una sorprendente lección de moral.

Este hijo de notario normando, hermano de Jacques Villon, el pintor,
y de Raymond Duchamp-Villon, el escultor, tan profundamente «francés», ha sido, efectivamente, uno de los espíritus más sorprendentes de este tiempo que, en arte, y durante este medio siglo, ha conocido a más artistas plásticos que moralistas.

Después de dar a conocer la pintura viva a todo un continente, América, se dio a conocer a sí mismo, a su vez, la libertad. Todas sus realizaciones, siguiendo su cronología, describen la progresiva liberación de un hombre en relación a su familia, a su medio, a su época, a la realidad, al arte de su tiempo, a sus normas y a sus medios tradicionales. ¿Por qué?

Duchamp responde humorísticamente:
«Desde que los generales ya no mueren a caballo, los pintores no están obligados a morir en su caballete».

(…)
P. C. -Esta era la primera vez que usted alteraba el orden establecido. Me pregunto si el hombre tranquilo, e incluso prudente, que era hasta ese momento, no se «alteró» algo, a su vez, con un encuentro que había hecho algo antes, el de Picabia.

M. D. -Le conocí en el Salón de Otoño de 1911, en octubre, al que había enviado una gran «máquina», las Baigneuses; Pierre Dumont, cuya vida sería tan trágica, estaba allí y nos presentó, de ello data nuestra amistad. Después le vi muchas veces, hasta su fallecimiento.

P. C. -Creo que el encuentro Duchamp-Picabia ha determinado en gran parte la ruptura que usted estaba a punto de llevar a cabo con las formas convencionales que utilizaba anteriormente.

M. D. -Sí, porque el espíritu de Picabia era sorprendente.

P. C. –Era una especie de despertador...

M. D. -De negador. Con él se trataba siempre de «Sí, pero...», (No, pero...». Se dijera lo que se dijera siempre contradecía. Era su juego, del que tal vez ni siquiera era consciente. Evidentemente era preciso defenderse un poco.

P. C. -Tengo la impresión de que Picabia le hizo comprender que el medio que usted frecuentaba, en Puteaux, era un medio de pintores «profesionales» que vivían esa «vida de artista» que a usted ya no le gustaba en esa época y que Picabia detestaba.

M. D. -Es probable. Picabia tenía aperturas a un mundo que yo desconocía totalmente. En 1911-12 casi cada noche iba a fumar opio. Era algo bastante raro, incluso en esa época.

P. C. -Picabia le reveló una nueva actitud del artista.

M. D. -Del hombre en general, un medio social que yo ignoraba completamente después de todo, puesto que era hijo de un notario. Aun cuando no fumé nunca opio con él. También sabía que bebía muchísimo. Era algo totalmente nuevo en un medio que no era el de la Rotonde ni del Dome.
Evidentemente eso amplió mis perspectivas. Y como yo estaba dispuesto a acogerlo todo, me aproveché de ello ampliamente...

P. C. -Puesto que, en el fondo, Jacques Villon y Duchamp-Villon estaban «instalados» en la pintura como lo estaba Gleizes...

M. D. -Sí, desde hacía diez años. Tenían necesidad de explicar siempre sus más mínimos gestos, en el sentido normal de la palabra.

P. C. -¿Social, estética y sentimentalmente el encuentro con Picabia representó para usted el final de algo y la aparición de una nueva actitud?

M. D. -Coincidió...

(….)
P. C. -En 1911, año en que conoció a Picabia, asistió al teatro Antoine con él, Apollinaire y Gabrielle Buffet, su esposa, a la representación de Impresions d'Afrique de Raymond Roussel.

M. D. -Era formidable. En escena había un maniquí y una serpiente que se movían un poquito, era totalmente la locura de lo insólito. No recuerdo mucho el texto. En realidad no se le escuchaba. Eso me sorprendió...

P. C. -¿Lo que le sorprendió fue el espectáculo como espectáculo antes que el lenguaje?

M. D. -En efecto. Después leí el texto y asocié ambas cosas.

P. C. -¿El desafío lanzado por Raymond Roussel al lenguaje correspondía, tal vez, al que usted lanzaba en la pintura?

M. D. -Si usted quiere... iDe verdad que me gustaría que así fuera!

P. C. -Debo hacerle notar que yo no lo creo así…

M. D. -Sí, yo creo que sí. No soy yo quien debe decidirlo, pero sería muy simpático, puesto que ese hombre había hecho algo que, verdaderamente, tenía el aspecto revolucionario de un Rimbaud, era una escisión. Ya no se trataba del simbolismo ni siquiera de Mallarmé, cosas que Roussel ignoraba totalmente. Y, además, ese sorprendente personaje, que vivía encerrado en sí mismo en su roulotte, con las persianas bajadas.

PC.-Le conoció?

M. D. -Le vi una vez en la Régence, donde jugaba al ajedrez, mucho después.

P. C. -El ajedrez hubiera podido ponerles en contacto.

M. D. -No se presentó la ocasión. Roussel tenía un aspecto muy «cuello alto», cuello postizo, vestido de negro, muy, muy Avenue du Bois. Sin exageración. Una gran simplicidad, en absoluto llamativo. En esa época yo había tenido un contacto por medio de la lectura, el teatro, eso me bastaba para opinar, no necesitaba entrar en su intimidad. Lo que importaba era una actitud más que una influencia, saber cómo había hecho todo eso, por qué razones...

Tuvo una vida extraordinaria. Y, al final, ese suicidio...

1 comentario:

f_F dijo...

Hola! que bueno que el proa reabra sus puertas con una muestra de este calibre...
se sabe cuando es exactamente?

Excelente el blog...simepre me llega la gacetilla a mi mail y ahora recien me entere del blog, jeje
muy bueno!!!
GRACIAS!